jueves, 8 de octubre de 2009

Escena 2. El tren


como un gusano viaja
al confín de los confines
lleva la sangre tibia
de una tierra antes amada
lleva la sangre nueva y la vieja,
la que trabaja a penas
y la descartada a llantos
derrama sudores, lagrimas,
chorrean pobreza y sabores a nada
olores ácidos, profundos,
humos de carne quemada
todo impregna y se pega
al alma obrera que viaja
viaja así, el espejo de la miseria
miseria en los hijos y en los nietos
de padres esperanzados
oscuro cielo del que soñó con soles
tormenta eterna que arrecia y ensucia
y se lleva la antes tierra de los hombres

En que grado y en que forma nos han embrutecido, lastimado, humillado. Poco a poco van ganando. Poco a poco se quedan con nuestra dignidad con nuestras costumbres mas entrañables. La pobreza y la miseria han tomado el interior de las personas, su alma intima, pobres y no tanto. Personas desaliñadas, vestidas con prendas, que son, en invierno insuficientes y en verano malolientes. Lo miserable está también en el alma de cuerpos bien vestidos con almas pobres y dan como resultado, un pueblo devastado y hambriento, embrutecido e ignorante. Pretenden convertirnos en animales de trabajo y lo están logrando. Están ganando.

La escena transcurre por esas cosas de las cosas en el tren del oeste, el ex Sarmiento, podría ser cualquiera, el del sur, alguno del norte, cualquiera de esos que va al conurbano profundo, a los barrios donde los que administran esconden y depositan nuestra gente.

Voy con mi bicicleta, voy a Haedo, el tiempo de viaje si no median problemas ni retrasos debería ser de no mas de 30 minutos. Por mi condición de ciclista urbano viajo en el furgón. El ambiente en el furgón me impacta, el rechazo es inmediato. El furgón es peor de lo que puedo explicar con mi limitado lenguaje. Faltan paneles y vidrios en las ventanas, sobra suciedad y marihuana. La gente viaja como en otra dimensión y no todos están fumando faso, pero todos intentan viajar solos entre cientos. Viajan como pueden. Se trata de no molestar y que nadie moleste. Al cabo de unas estaciones aumentan los pasajeros y el humo del tabaco y el faso. No se mira al costado, no hay nada que mirar, nadie se queja por nada, se escucha el ruido del tren mezclado con el murmullo de la gente, solo hay que registrar el paso de las estaciones para prepararse, un poco antes, para bajar y salir de ese lugar, un pensamiento me empieza a golpear la cabeza, tengo que salir de acá, una estación menos, falta poco, ya me bajo. La estación previa a la que debo descender se llama Ramos Mejía, acabo de dejarla atrás, voy hacia la puerta con mi bici... 3, 4 minutos mas y salgo de ese otro mundo. Antes de bajar una última imagen pone a prueba mi asombro. Dos muchachos de veinte y tantos años sentados en el piso, tirados diría mejor, se buscan entre la ropa algo, papelitos, sobres, bolsas de nylon, sacan una pipa casera, están pasados de paco, están afuera de esta sociedad, afuera de cualquier retorno, están fuera de de lo mas afuera, ellos no están al margen de la sociedad, están mas allá. Bajo del tren, parado en el andén, miro a todos lados, el día esta luminoso, falta poco para la primavera, hay una brisa suave, una brisa que trae los aromas del día, entre esos aromas un olor a podredumbre se sobrepone a todo. Están ganando y ya no me recuerdo para que vine hasta Haedo. Están ganando.

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